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El Castillo De Las Hechiceras I El Despertar: La Antesala Del Dolor
Mucho tiempo ha pasado desde que el prisionero recobró el conocimiento. La celda es de roca apenas labrada. No posee ventanas ni entradas de luz o aire, tan sólo una pesada puerta herrumbrosa de hierro remachado. La boca del prisionero esta seca, su estomago gruñe por comida, ha pasado muchos días atrapado. Su cuerpo está por completo desnudo, sus captoras sin embargo no le han causado daño alguno, todavía. Tiene las manos esposadas tras la espalda, le colocaron grilletes en los tobillos con una barra separadora de metal que le impide cerrar las piernas. Las horas pasan despacio, atascadas en la soledad, el silencio y la oscuridad de la mazmorra. El prisionero es incapaz de comprender como y por que ha llegado a esté lugar. Recorre su cubículo buscando algo que le sirva para escapar, es inútil. El calabozo está vacío, las paredes desnudas y agrestes, el portón de metal frío y hermético. Está acostado sobre el húmedo piso de dura roca. Ha vuelto a perder la noción del tiempo. Un sonido lejano lo pone alerta, es un rítmico golpe de pisadas de botas sobre baldosas de piedra que va aumentando de intensidad, acercándose. Él se incorpora; de pie espera en dirección a la entrada de la mazmorra. Entonces la puerta de metal se abre, una fuerza poderosa la tira hacia un lado estrellándola contra la pared. La mortecina luz de las antorchas que iluminan al corredor penetra en la celda. Alguien aparece de pie plantada en el umbral de la puerta. Toda su vestimenta es negra. Él la observa desde abajo hacia arriba; botas altas de montar, pantalones por dentro de las botas. Chaqueta de cuero, abierta al frente, con hombreras anchas y mangas largas, ajustada al estrecho abdomen por un cinturón grueso con hebilla de metal. La falda de la chaqueta se amplia al ir descendiendo creando en conjunto, que la silueta semeje un reloj de arena. Unas manos enguantadas sostienen un látigo de cuero, ideal para domar enormes bestias salvajes por su longitud y grosor. Ningún centímetro de la piel de ella es visible, sino hasta llegar al fin del cuello de tortuga del traje, a partir de ahí se dibuja un rostro de óvalo perfecto de una piel tan blanca y pálida que correspondería mejor a un cadáver que a un ser vivo. Los labios son rojos como sangre fresca, unos ojos azul intenso arrojan una mirada glacial e imperturbable. Un camino al centro, sobre la frente amplia y despejada, divide a la cabellera negra en dos partes simétricas. El resto del cabello va recogido tras la nuca en una cola simple que baja hasta la cintura. Es una mujer joven, extraña, los rasgos de su rostro son infantiles, sin embargo su ser emana un aura impregnada de extrema maldad. Ella lanza el látigo hacia atrás a manera de tomar impulso, y como rayo fulminante descarga un azote sobre el prisionero que no tiene tiempo de reaccionar. El golpe le da de lleno sobre el pecho y abdomen. El impacto lo hace caer al suelo, su fuerza sería capaz de tumbar a un toro. El dolor es intenso. La piel ha quedado marcada con una gruesa línea rojiza, aunque no ha desgarrado la piel ni ha brotado sangre. La castigadora se acerca implacable. Estrella el látigo contra las lajas del suelo. El prisionero asustado se arrastra hacia el extremo contrario de la habitación. Ella esboza una leve sonrisa diabólica ante la huida de su presa. Se acerca a él con paso firme y rápido. Un puntapié castiga el abdomen del hombre. Ella es demasiado veloz, imposible de esquivar, además las cadenas y grilletes estorban mucho los movimientos. A patadas obliga al prisionero a salir arrastrándose de la celda. Con puntapiés y latigazos lo guía a través de la penumbra de los largos corredores, hasta llegar a una sala grande y circular. La mujer lo dirige al centro del cuarto en donde le encadena la barra separadora de los tobillos a una argolla fijada al suelo de piedra. Ella se aleja llegando junto a la pared circular, en un punto por donde sobresalen varias palancas metálicas. Del techo, en el centro de la habitación, pende un tubo negro metálico justo encima del prisionero. Ella tira de una palanca y entonces del tubo se descarga un chorro de agua a presión que golpea el cuerpo del hombre. Después de un largo rato vuelve a mover la palanca cerrando el paso de agua. Luego se acerca chapoteando con las botas sobre el charco que empieza a desaguarse a través de una rejilla de drenaje. El prisionero tiembla convulsivamente en el suelo, su piel está azulada y los vellos de su cuerpo están erizados. El agua que lo ha bañado estaba casi en punto de congelación. La malvada desenfunda una daga larga y estilizada que lleva pendiente de su cinturón. Con una mano tira del pelo del hombre forzándolo a volver el rostro hacia arriba. Le planta una bota en el estomago y con la otra mano que blande la daga empieza a afeitarle el rostro. Lo hace de una manera brutal, sin la menor consideración. La afilada hoja del cuchillo raspa la piel al ras, le rasura por completo el rostro, incluyendo las cejas. Después continúa con el cuero cabelludo, pero primero antes de pasar la cuchilla comienza a arrancarle a tirones los mechones de pelo con la mano. El hombre solloza y gime del dolor, la cruel muchacha le abofetea el rostro y hunde con mayor presión la bota con la que le aplasta el abdomen. Cuando por fin le ha dejado la cabeza rapada con salvaje perfección, continúa con el resto del cuerpo: el pecho, los brazos, axilas, tórax, nada escapa a la afilada hoja de metal. Va pasando tan a flor de piel y con tanta rudeza que causa mucho escozor, pero la mano que la maneja es tan experta y el filo tan agudo que las cortaduras que causa aunque frecuentes no son visibles y sólo en pocas ocasiones surge un delgadísimo hilillo de sangre. Para terror del cautivo la daga alcanza la zona genital. Una mano fuerte como el acero le aferra el pene y jala como si pretendiera arrancárselo en tanto que la cuchilla hace su tarea rasurando a su alrededor. Es espantosa la facilidad con la que esa mujer podría castrarlo. El esclavo mira a los ojos de su captora, poseen un brillante azul y una frialdad como de hielo, son casi inexpresivos, tan sólo dejan escapar un halo a infinita maldad. El filo acaricia los testículos que están duros como piedras por el frío. La eficiente hoja de acero completa su metódica labor en la entrepierna, el ano, los muslos, las pantorrillas; para cuando termina el hombre tiene su cuerpo limpio de vellosidades. La cruel joven se incorpora, enfunda su daga. Coloca sus manos en jarras a ambos lados de la cintura. Lanza una patada dirigida a los testículos del prisionero. Entonces camina en dirección a las palancas de control del agua. El esclavo la observa con sus ojos llorosos aún retorciéndose en el suelo del cruel golpe recibido en la entrepierna. Ahora la mujer acciona una palanca distinta. De nuevo sale disparado por la tubería un chorro de agua a presión. Por un segundo el hombre siente un leve alivio, el agua está tibia. Por desgracia empieza a sentir como si incontables aguijones se clavaran en cada centímetro de su piel, es agua salada como agua de mar. La sal escoce las microscópicas cortaduras y excoriaciones dejadas por el filo de la hoja de acero. La abrasión es insoportable. Después de otro largo rato cesa el flujo de agua marina. La mujer acciona una tercera palanca. Un poderoso chorro cae sobre el hombre acompañado de abundante vapor. Ahora es agua caliente, demasiado caliente. El ardor recorre toda su piel. El hombre se retuerce como un gusano en el charco de agua abrasadora, entre nubes de vapor. Se escucha la risa de la mujer, es una risa cristalina atractiva pero hiriente, como música de copas de cristal con un trasfondo de ecos y resonancias malignas, perversas y retorcidas. El fluir del agua cesa. Otra vez el resonar de las botas acercándose. La figura vestida de negro emerge entre las nubes remanentes de vapor de agua como si fuese un espectro maligno. En una de sus manos lleva tres grilletes pequeños de metal unidos a una cadena. De una patada en el costado coloca al prisionero acostado de espaldas de cara al techo. Ella se sube sobre el pecho del hombre, plantando sus botas como si se tratase de una alfombra de piso. Camina sobre él pisoteándolo hasta llegar al estomago. Sus botas se hunden con todo el peso de la mujer descansando sobre el abdomen del hombre. Sin bajarse de su prisionero se coloca de cuclillas, agachada, dándole la espalda. La mujer toma con una de sus manos enguantadas el pene, agarrándolo por el tronco. Lo masajea hacia arriba y abajo con suaves movimientos, el miembro crece de tamaño. Elevando la barbilla por sobre el hombro vuelve su cabeza para observar a su prisionero sin dejar de darle la espalda. Él contempla los ojos fríos y crueles, los rojizos labios entreabiertos y los dientes de blancura inmaculada. La erección alcanza el máximo, entonces la joven cierra un grillete asegurándolo a la base del pene. La argolla apretadísima estrangula al miembro hinchándolo aún más, las venas crecen y se marcan, el glande se inflama. Las manos de la joven se dirigen ahora a los testículos, el agua caliente los ha ablandado dejando cada bola separada y fácil de manipular. Entre el pulgar y el índice afianza una bola y la aprieta hasta arrancar alaridos de dolor del prisionero. Tira del testículo como si fuese a desprenderlo y procede a cerrar la segunda argolla de metal por debajo, procede con el otro testículo de igual manera, de forma que ambos quedan separados entre sí y estrangulados por los anillos de metal. Las tres anillas, la del pene y las de ambos testículos, se unen entre sí por cadenillas que conectan a una última cadena larga y que termina en una asidera de cuero. La malvada se incorpora y desciende del esclavo mientras mantiene la cadena de los genitales afianzada en una de sus manos. Tira con violencia de la cadena, el hombre aúlla con el rostro desencajado de dolor. Con dificultad consigue incorporarse buscando disminuir la tensión con la que su captora tira de sus genitales. Le es incomodo no poder cerrar las piernas debido a la barra que separa sus tobillos. La mujer toma impulso y descarga una potente patada a los testículos. El hombre cae de rodillas encogido sobre sí mismo. Ella encadena las esposas, que sujetan las manos del hombre tras la espalda, a la barra separadora con una cadena corta. El prisionero permanece de rodillas incapaz de incorporarse. La joven tira de la cadena de los genitales con ambas manos con tanta fuerza que pareciera como si fuera a arrancarlos. El esclavo avanza de rodillas siguiendo a su torturadora. Anda tan a prisa como le es posible apresurándose para evitar ser castrado por la perversa mujer que lo guía fuera de la habitación y luego por los largos y oscuros corredores. En la negra oscuridad le aguarda un infierno de insufribles tormentos, terribles cámaras de tortura tras gruesas puertas de metal, húmedas mazmorras y grilletes. La misteriosa y bella bruja lo conducirá en un viaje a través de las tinieblas del dolor innombrable. |
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